Este cortometraje, rodado en la sierra de Guadarrama durante las cuatro estaciones del año, es profundamente celtibérico y céltico. Y no porque haya un episodio (el de primavera) ambientado en el Beltaine a mediados del siglo II a.C., sino porque todo el filme apela a la conexión con la naturaleza para que el ser humano mantenga ese equilibrio que ha perdido en el mundo contemporáneo. El roble, árbol sagrado para los celtas, es el elemento totémico que vertebra la ficción y las distintas escenografías que van cambiando. Todo se transforma, pero el quercus permanece, incluso después de que sea talado por el instinto depredador romano. También cambian los humanos y sus civilizaciones. Algunas se funden con su entorno -los celtíberos-, otros lo transforman con fines rentables y hoy día el paisaje ha quedado convertido en un parque temático.
Hernán Ruiz, director y guonista